El criadazgo sigue siendo una de las formas más extendidas y naturalizadas de trabajo infantil en Paraguay, afectando a miles de niños, niñas y adolescentes. A pesar de su ilegalidad, parlamentarios como Gustavo Leite y Dionisio Amarilla justifican esta práctica como parte de la “paraguayidad”. Sin embargo, organizaciones civiles denuncian que el Estado la ignora y, en la práctica, “archiva” los derechos de la niñez.
Niñas y niños, mayormente de zonas rurales, son trasladados a casas ajenas para realizar labores domésticas y de cuidado, a cambio de techo y comida. Pero en muchos casos son víctimas de violencia, abuso y abandono escolar.
Durante el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, organizaciones como Global Infancia y CDIA realizaron una intervención simbólica con expedientes ficticios, basados en testimonios reales, para visibilizar el drama del criadazgo. Casos como los de Susana, Celia, Lourdes o Ricardo reflejan la crudeza de esta práctica que priva a niños de sus derechos más básicos.
“El criadazgo es violencia estructural disfrazada de costumbre”, afirma Marta Benítez. Desde 2011 no se actualizan datos oficiales, pero se estimaban al menos 47.000 casos.
Visibilizar, nombrar y denunciar son pasos clave para erradicar esta práctica profundamente arraigada y proteger a la infancia.

