Peter Kürten, conocido como el «Vampiro de Düsseldorf», fue uno de los asesinos más temidos de Alemania. Confesó 79 ataques, muchos de ellos fatales, y fue ejecutado en la guillotina el 2 de julio de 1931. Antes de morir, preguntó si podría oír su propia sangre fluir al ser decapitado: “Ese sería el placer que acabaría con todos los placeres”, dijo.
Kürten creció en un hogar violento, marcado por el abuso físico y sexual. Desde joven, cometió delitos menores y estuvo varias veces en prisión, donde su mente se sumergió en fantasías de tortura y crueldad.
En 1913 comenzó su carrera criminal. Christine Klein, una niña de 10 años, fue una de sus primeras víctimas humanas. Desde entonces, los ataques de Kürten aterrorizaron a Düsseldorf. Le fascinaba matar y frecuentemente se quedaba cerca de sus víctimas para observar la reacción de la policía.
Su detención llegó por un error: escribió una carta que permitió rastrearlo. En el juicio, admitió no sentir remordimientos. Tras su ejecución, los científicos analizaron su cerebro buscando una explicación física a su comportamiento, pero no hallaron nada anormal.
Hoy, su cráneo momificado se exhibe como un símbolo del horror humano.

