El 17 de diciembre de 1830, Simón Bolívar, el Libertador de América, falleció en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia, a los 47 años. Enfermo y abatido, sus últimos días estuvieron marcados por el deterioro físico y la tristeza al ver fracasar su sueño de una América unida.
Atendido por el doctor Alejandro Próspero Révérend, Bolívar sufría una tos persistente, edemas y confusión mental. Con apenas 40 kilos de peso, redactó su testamento y proclamó: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
El diagnóstico inicial del médico fue tisis pulmonar, aunque prácticas de la época, como enemas, pudieron agravar su estado. Siglos después, una autopsia realizada en 2010 descartó tuberculosis y envenenamiento, sugiriendo un desequilibrio hidroelectrolítico como causa de muerte.
Bolívar vivió sus últimos meses en medio de conflictos. Tras renunciar al poder, fue desterrado y vendió sus pertenencias para sobrevivir. Venezuela se independizó y la Gran Colombia se desintegraba. En su amargura, dejó frases memorables como “He arado en el mar” y “¿Cómo voy a salir de este laberinto?”.
Su cuerpo fue embalsamado y sepultado en Santa Marta, aunque en 1842 fue trasladado a Venezuela, cumpliendo su última voluntad. Bolívar murió sin ver consolidada la unión de América, pero su legado como paladín de la independencia lo convirtió en un símbolo inmortal de libertad.

